7 junio, 2017

A punta de navaja

Olivier es un ladrón, uno de esos ladrones de poca monta que salen en las películas costumbristas, más rufián que otra cosa, uno de esos que te levanta la cartera a punta de navaja y te da más pena que miedo, primero porque sabes lo que llevas en la cartera y que no irá lejos con eso, y segundo porque ves en su cara que es un pobre hombre que se pagará un pico y dos cervezas, y que mañana volverá a hacer lo mismo...

Cuando uno pasa tantas horas como yo en el coche, escucha las noticias de todas las emisoras y ya sabe que algunas son importantes, otras meramente interesantes y al final siempre hay alguna anecdótica. Pues Olivier, como no podía ser de otra manera, es el protagonista de la última noticia, del último noticiario, de la emisora más pequeña de una zona donde no se escucha ninguna emisora que no sea la local... Olivier definitivamente es uno de esos antihéroes con los que me puedo llegar a encariñar, y la otra tarde, en un viaje de retorno, lo hice.

Nuestro amigo se despertó un lunes convencido de que había tenido la mejor idea de su vida. El día anterior era domingo, la gente había ido a misa y entregado sus limosnas, y el párroco no habría podido aún ir a ingresar ese dinero. Una iglesia no es un lugar excesivamente custodiado, así que sería un robo fácil, y que le daría quizás para un par de días... Olivier se metió en la sacristía y forzó con un destornillador un cajón donde encontró el resultado del cepillo del domingo, 112€ que si bien no era mucho, era suficiente para él, y con ese dinero salía en la mano, confiado de que todo iba bien hasta que apareció ante él Bernard.

¿No os he hablado de Bernard? Error imperdonable el mío, Bernard es el nuevo sacerdote de la pequeña parroquia de Sancte Augustine, un hombre de unos 40 años que escuchó la llamada del Señor a los 28 años tras vencer en el campeonato nacional de Taekwondo de pesos pesados en Francia. Bernard es un hombre dulce y afable, que canta como los mismísimos ángeles pero que si te da una bofetada te deja calentitas las dos orejas como muy pronto descubrió Olivier. Bernard inmovilizó al delincuente y llamó a la policía que llegó pronto y se lo llevó esposado...

Para muchos la moraleja de la historia es que robar está mal, y que hay que ser bueno. Para mi es que hay que atreverse a soñar.

Olivier no debe robar, eso está claro, pero si lo haces, hazlo bien. Prepárate bien, estudia el terreno y sobre todo... Hazlo en un sitio que merezca la pena. Porque riesgo hay en todas partes, como le enseñó a base de caricias el padre Bernard.

Y por qué os cuento esto? Me preguntaréis, no sin cierta razón. Pues os lo cuento porque nos hemos acostumbrado a pedirle muy poco a la vida solo por el hecho de ser familias azules. Hemos llegado a la triste conclusión de que con poco basta, y no es así. Nos conformamos y no deberíamos. Porque lo que no nos den, podemos robarlo si hace falta, pero no como Olivier, asegurándonos que merece la pena el botín. Porque me he cansado de pedir disculpas y dar las gracias por cada migaja que nos encontramos por el camino, y ya está bien.

Así que yo he decidido exigirle a la vida a punta de navaja, si es preciso, que me de lo mío. Lo que me corresponde y tengo derecho. Quiero respeto para mi hijo, que no es un enfermo, lo diga el DSM o su santa progenitora, es un niño, con autismo o sin él, un niño maravilloso, que tiene derecho a estar y jugar donde a él le apetezca, y al que no le guste que no mire... Pero que no mire, porque si vas a mirarme con la cara que ponen algunos, tendré que explicártelo sencillito para que lo entiendas. Que el padre Bernard nos ha enseñado que no es pecado dejar un recado si alguien nos está robando, y algunas miradas nos roban más que un tonto con una navaja, verdad?

Le exijo a la vida mi derecho a ser feliz, pero no feliz a secas, ASQUEROSAMENTE FELIZ, de eso que ves a alguien tan feliz que da rabia. Quiero elegir a los míos y que me elijan, porque también tengo derecho a que me elijan. Quiero rodearme de las personas que quieran estar a mi lado, y quiero que lo demuestren si es así. Porque a veces confundimos ser con estar, y aunque siento una enorme gratitud por los que están, me quedo con los que son, con los que sois mi familia elegida.

Y me vais a llamar loco, pero quiero vivir el AMOR, así en mayúsculas. Como decía el maestro Sabina, yo no quiero un amor civilizado, quiero que nos demos cuenta de la edad que tenemos, de lo jóvenes y guapos que somos todos (es una forma de hablar, tengo un espejo, y de guapo yo siempre he sido más bien simpático, pero me entendéis) y no renunciemos a nada. Porque todos nos merecemos a alguien que suspire por nosotros, y suspirar por alguien de ganas de verle cuando pasa un tiempo sin hacerlo (unos días o unos minutos, depende de cada cual). Seguramente ya tienes cerca a esa persona, asegúrate de que no lo olvide. Porque el amor, cuando mola, mola mucho.

Le exijo por último a la vida, y estoy dispuesto a armarme para conseguirlo por las buenas o por las regulares, que deje de ponerme de excusa a mi hijo para conseguirlo. Porque mi hijo no es un lastre, ni una excusa para dejar de soñar, es mi compañero de armas en la búsqueda de la felicidad. Y pienso asegurarme de que también sea feliz en el camino de la vida, de que aprenda que no todo es rosa, pero que siempre podrá contar conmigo para cumplir ese objetivo máximo, ser felices JUNTOS. Y lo haré, convencido por la estupidez de Olivier, de que si vas a hacerlo, que sea a lo grande.

Me acompañas a desplumar a esa vieja loca que es la vida? 

RAFA SUÑER

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