13 julio, 2016

¿Hacemos un poco de ruido?

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"Si un árbol cae en medio del bosque y no hay nadie ahí para escucharlo, ¿hace ruido?" Muchas veces he escuchado esta pregunta a lo largo de los años. Grandes debates en clases y seminarios de filosofía que, en mi opinión, eran una soberana estupidez. Fue Gey Lagar la primera persona a la que oí hablar del fenotipo, y la prevalencia de ciertos rasgos de autismo en los papás azules. Supongo que yo no me libro de mi parte y la literalidad de la pregunta hace que me ofusque el debate. Cuando cae un árbol, hace ruido, ¿qué más dará que haya alguien para escucharlo o no? Es un pedazo de madera enorme, ha caído, por tanto ha hecho ruido.

La tendencia de los partidarios del no, siempre era que si no había nadie, el ruido no era tal. Como si hiciera falta un notario, un ser humano con alma para que el ruido fuera audible. Pues no lo es. Porque el ruido no es lo mismo para todas las personas… El 2 de Abril, en Valencia se produjo una batalla de almohadas multitudinaria, un grupo de personas desconocidas se juntó en una plaza, armadas con sus peores almohadas (iban a destrozarlas), y se golpeaban unos a otros en una batalla pacífica de risas y ternura. Rafael, mi pequeño TEA de 4 años, corría entre el tumulto. Lo hacía como lo hace siempre, siguiendo una trayectoria imprevisible y mirando hacia atrás de vez en cuando para ver que le sigo pero no le alcanzo. En la plaza cientos de personas hablaban en voz muy alta, una discomóvil ponía pachanga y la ciudad y sus sonidos no paraban de lanzar estímulos auditivos que a nadie importunaban, ni siquiera a Rafael. Pero de repente se paró en seco y puso sus manos en las orejas. No podía seguir caminando, no podía reaccionar, solo pararse y cubrirse del sonido…

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Le alcancé, bajé a su altura y le vi soltar poco a poco las manos… El sonido maldito ya no estaba, e iba a empezar de nuevo la marcha cuando le volvió a suceder lo mismo, esta vez con cara de susto como si estuviera más cerca el lobo que soplaba a las puertas de su cerebro. Así que le abracé y cerré los ojos con mucha fuerza, me abstraje del sonido ambiente y busqué a la fiera que atormentaba a mi pequeño… Y unos segundos después apareció. Un silbido, imperceptible, muy muy lejano sonó y abrí los ojos para comprobar que Rafael volvía a cubrirse los oídos con fuerza. Me levanté y me subí a un banco para escrutar la plaza, y a varias decenas de metros pude ver a un chaval que ponía los dedos en su boca y hacía el gesto de silbar. Estaba mirándole, le buscaba y sabía lo que sucedía y aun así apenas conseguí escuchar el sonido que produjo, algo equivalente a una respiración compleja cuando duermes, un pitido mínimo que no hizo que se girara ni si quiera el pretendido receptor del aviso, pero Rafael, por cuarta vez se tuvo que esconder de aquel fiero lobo, llegando a sentarse en el suelo fruto de su malestar. Y es que, el sonido existe aunque nadie lo escuche… O casi nadie. Porque un sonido solitario es un sonido, como una persona que siente soledad, también es una persona.

Y es que una mamá azul se siente sola en un vagón de metro cuando su niño grita que quiere sentarse y todos los extraños de alrededor se consideran con la suficiente altura moral como para juzgarles y decidir que el azulete es un maleducado y “no se lo ha ganado”. Porque el maestro Kutxi Romero hablaba de la soledad que se siente rodeado de gente, y al contrario que le sucede al árbol de la pregunta inicial, estar rodeado de personas no significa que estés acompañado, y esa soledad ruidosa es el regalo que esta sociedad hace al diferente.

En el año 2002 el grupo El Canto Del Loco escribió una canción para su disco “A contracorriente” y le pidió a Amaia Montero que la cantara con ellos, esta canción se llama “Puede Ser” y comienza con esta estrofa:

No sé si quedan amigos y si existe el amor,

si puedo contar contigo para hablar de dolor,

si existe alguien que escuche cuando alzo la voz

y no sentirme sola

Esta descripción de la soledad siempre me ha perseguido, porque aunque muchos creen que cuando un problema grave entra por la puerta, el amor sale por la ventana, yo siempre he sentido lo contrario. No soy demasiado bueno para las pequeñas cosas, olvido fechas y me enfado por las tonterías más grandes (¿rigideces del fenotipo?) pero soy bastante útil para los problemas serios de una vida. Elijo a mis compañeros de viaje en función de lo que pueden llegar a ser, que siempre es más que de lo que ellos creen, porque ni ellos mismos conocen su potencial, y eso me ha hecho llevarme muchas decepciones, pero siempre estar rodeado de mucho amor. Mi apuesta siempre es por apoyar al que sufre, por ayudar a las personas, conectarlas, y como decidí hace ya bastante tiempo por ser feliz. Creo que además SI existe el amor y hay que aferrarse a él con uñas y dientes.

Mi visión optimista del mundo siempre choca contra la ansiedad de quien sufre, contra los problemas que no se pueden solucionar en apariencia, contra la soledad de quien no la merece… Y hoy de nuevo abogo y propongo una visión positiva de la vida como respuesta a esa soledad. Porque al llegar al siguiente vagón, un hombre que se levantó y recriminó al niño su actitud mientras ocupaba su plaza libre, recibió de esa maravillosa madre a la que quiero y admiro una explicación sencilla y muy clara que hizo que el reproche del desconocido se convirtiera en un choque de manos, una sonrisa abierta y un “muy bien campeón”. Porque la lectura que Amaya Ariz hace en Facebook al narrar esta historia fue “Creo que en este Señor hemos sembrado para siempre”, ¡Olé tus cojones!

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En el bosque hubo ruido aquel día, aunque no hubiera nadie cerca, el silbido sonó aunque el resto de sonidos intentaran taparlo, y una persona salió concienciada del metro aquel día aunque el resto no hiciera nada. Por el camino, un árbol murió, un niño sufrió y una madre sintió la soledad más absoluta… Nadie dijo que fuera fácil, ¿verdad?

Llegará un día en el que nos preocupará más repoblar ese bosque, preguntar a ese padre porque abraza a su hijo que se tapa los oídos, ofrecer asiento al niño que lo pide a gritos y asegurarnos de que triunfa el amor, hasta entonces yo seguiré haciendo ruido desde donde me ponga la vida, porque el ruido es ruido lo escuchen muchos o no. Y aunque a algunos les parece inútil, concienciar sigue siendo el camino. ¿Hacemos ruido juntos?

Rafa Suñer

2 respuestas a “¿Hacemos un poco de ruido?”

  1. Iosune dice:

    Aquí estamos para hacer ruido!!!

    Un buen relato.

  2. Elena Toca dice:

    Maravilloso relato, no pude por menos que leerlo hasta el final. Hagamos todo el ruido que podamos para que nos escuchen y consigamos un mundo más sensible a las necesidades de nuestros pequeños

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